Andalucía, más allá del encuadre / Jerez

Día 4: Jerez de la Frontera

En noviembre de 2026, Erik Nachtrieb y Charlie Hartsock, CEOs de la aplicación de turismo cinematográfico SetJetters, realizaron un viaje por varias ciudades andaluzas en un recorrido organizado por Andalucía Film Commission en colaboración con la Red de Ciudades de Cine de Andalucía.

Durante cinco días, el equipo de SetJetters visitó Osuna, Carmona, Sevilla, Córdoba, Cádiz, Jerez de la Frontera y Málaga, en una ruta concebida para descubrir Andalucía a través de sus localizaciones cinematográficas. Más allá de los escenarios de rodaje, el viaje permitió a sus protagonistas adentrarse en la historia, el patrimonio, la gastronomía y la vida cotidiana de cada destino, dejando en ellos una profunda impresión.

Como resume Erik Nachtrieb en su relato, cinco días apenas bastan para acercarse a una región que parece llevar siglos preparándose para su primer plano. Y, sin embargo, ese poco tiempo bastó para que Andalucía dejara claro su mensaje: el cine no limita la experiencia del viaje, sino que puede convertirse en una puerta de entrada a la autenticidad de sus ciudades.

Lo que comenzó como una exploración de encuadres cinematográficos terminó revelando algo mucho más amplio. Las películas ofrecieron coordenadas, mientras Andalucía ofreció contexto, matices, memoria y hospitalidad. Dicho en palabras de Erik:

Andalucía no es un reflejo del cine. Es el cine el que lleva toda la vida imitando a Andalucía.

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Jerez de la Frontera: Recogiendo la fruta de Jerez

Llegamos a Jerez a última hora de la tarde; las calles eran amplias y tranquilas, y el aire desprendía un ligero aroma dulce que solo podía pertenecer a una ciudad construida sobre el jerez. Hablamos primero en una sala que en su día formó parte de la Bodega de los Gigantes, un complejo de bodegas tan extenso que, sinceramente, se había ganado a pulso su nombre, pero que ahora se había transformado en el Hotel Mercer Jerez.

Tras la charla, Piluca nos guió por la ciudad, y Amanda y Sara se unieron de nuevo a nuestro pequeño grupo, como si la Andalucía Film Commission hubiera vuelto a reunir al reparto para rodar otra escena.

En el Alcázar de Jerez, entramos en el Palacio de Villavicencio, un patio que se convirtió en Alejandría en la quinta temporada de The Crown, episodio 3, y que acogió un partido de fútbol entre diplomáticos. Palmeras y cipreses calvos formaban su columnata viva. Los cipreses encajaban a la perfección, con una madera tan resistente a la descomposición que prácticamente encarna el paso del tiempo. Las civilizaciones mediterráneas han moldeado los paisajes con esta especie durante milenios, y el patio parecía saberlo.

A continuación, entramos en la pequeña mezquita de la época almohade que se conserva dentro de las murallas de la fortaleza. Siglo XII. Una cúpula modesta. Un óculo central. Un mihrab orientado hacia La Meca. La última mezquita intacta de la ciudad. Desprendía una dignidad tranquila y discreta, un espacio que no necesitaba adornos para hacerse sentir.

Bajo la fortaleza morisca adyacente, la casa de baños islámica esperaba, con su piedra, sus sombras y la suave geometría de sus claraboyas en forma de estrella. Jerez conserva para ti sus capas de tiempo; casi se podía oír el silbido del vapor, las conversaciones susurradas, el latido de una rutina centenaria que se desarrollaba en la penumbra.

Fuera de las murallas de la fortaleza, un carruaje tirado por caballos traqueteó brevemente junto a un grupo de ciclistas de montaña que recorrían las calles con precisión atlética. Lo antiguo y lo moderno, los arneses de cuero y la fibra de carbono, se cruzaban sin ceremonias, un recordatorio visual de que Andalucía rara vez elige entre sus épocas; vive en todas ellas al mismo tiempo.

Continuamos hacia la Catedral de Jerez, que no se alza tanto sobre el horizonte como a través de él, imponente, barroca, fortificada y abiertamente cristiana. Se erige sobre su propia isla elevada de piedra, imponente como suelen ser los edificios cuando pretenden ser una declaración de intenciones. Es imposible contemplar su fachada y olvidar los siglos de lucha que en su día azotaron esta región, dos mundos en guerra por el mismo Dios, que se imponían mutuamente a través de la arquitectura cuando las palabras fallaban.

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Pero Jerez no es una ciudad de narrativas únicas. Es una ciudad de narrativas heredadas, algunas impuestas, otras adaptadas y otras conservadas en silencio.

Por eso, nuestra siguiente parada nos dio la sensación de estar entrando en una biblioteca privada del pasado.

El Palacio de Campo Real ha pertenecido a la misma familia, los Domecq-Zuritas, durante veintiséis generaciones. Alfonso X el Sabio se lo regaló a sus antepasados; el tiempo hizo el resto. La matriarca de la casa, doña Carmen López de Solé, nos recibió tras unas imponentes puertas de madera, fabricadas en cedro antiguo y adornadas con aldabas de bronce con forma de mano de Hamsa. La Mano de Miriam, la Mano de María, uno de los símbolos de protección más antiguos del Mediterráneo. Un gesto que precede al palacio, a la ciudad, quizá incluso a las religiones bajo las que migró.

A través de la pequeña puerta empotrada, entramos en un mundo donde la historia no estaba expuesta, sino que se había heredado.

Una sala tras otra se iba desvelando ante nosotros: retratos de caballeros que en cualquier otro lugar podrían estar colgados en un museo nacional, pero que aquí se recordaban simplemente como “el abuelo”. Esculturas colocadas no por coleccionistas, sino por personas que vivieron las mismas épocas que representan. Escudos de armas no comprados, sino registrados. Pasamos junto a dos instrumentos que en su día pertenecieron a la familia: un laúd-arpa del siglo XIX con motivos dorados y un laúd árabe con agujeros de resonancia en forma de corazón. Ambos estaban ahora en silencio, pero uno podía imaginar la música que en su día inundó estas salas.

La bodega privada se encontraba aislada en la parte trasera de la finca: suelo de tierra, barricas envejecidas, olor a tierra. El edificio en sí mismo se construyó inicialmente como una estructura islámica; la cultura del vino llegó más tarde. Andalucía se erige sobre la tensión creativa entre lo que fue y lo que vino después.

En el jardín amurallado situado detrás del palacio, Doña Carmen nos detuvo junto a un árbol frutal que parecía una escultura de un tilo.

“Coge una”, dijo con la alegría traviesa de una niña que le cuenta un secreto a un visitante. La fruta estalló al pelarla y el jugo le resbaló por los dedos.

“Esto no es una lima”. La probó y su rostro se suavizó al revivir el recuerdo. Cuando me entregó la fruta, tomé un trozo y sentí una dulzura inesperada procedente de algo verde y sin pretensiones. Una lima dulce, cultivada antiguamente en jardines privados del Mediterráneo, una curiosidad que conservaban las fincas aristocráticas, a las que les gustaba coleccionar lo raro y lo delicioso. Sentí que me habían hecho un regalo de parte de generaciones de su familia.

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Teníamos muchas ganas de seguir descubriendo Andalucía. Cuando llegamos al Tabanco San Pablo, ya estaba anocheciendo. En el interior, la larga barra de madera mostraba las marcas de décadas de codazos y copas. Se había reunido un pequeño grupo —cineastas, localizadores, promotores culturales—; éramos unos diez, quizá veinte. La sala se llenó del cálido aroma del jerez oloroso y fino, y el aire se impregnó de los olores de las tapas que se servían a un ritmo pausado.

Comimos carrillada, carrillos de cerdo cocinados a fuego lento en una salsa con mucho comino, y un plato de chicharrones o quizá boquerones, dependiendo de quién llegara primero al plato. Todo tenía un sabor auténtico, propio de ese crisol de culturas que es Andalucía.

Las risas se multiplicaron, se volvieron a llenar las copas, se vaciaron los platos y se devolvieron rebosantes. Fue el tipo de cena que solo puede darse en una ciudad que lleva siglos de hospitalidad grabados en su arquitectura.

Al fin, la noche se fue disipando y Málaga nos llamaba desde la costa, con sus playas, sus localizaciones cinematográficas y su alegre tranquilidad mediterránea. Era hora de seguir adelante.

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